Homenaje de Dr. Juan de Dios Vial C.

Presidente de la Academia Pontificia para la Vida, Rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Presidente de la Asociación Internacional de Escuelas de Medicina de Universidades Católicas. 

 

Este acto sencillo tiene un profundo significado. Jérôme Lejeune era Doctor Honoris Causa de esta Universidad (Catolica de Chile), y nos honrábamos de contar entre los nuestros a un hombre de ciencia de tan singular relieve y distinción. Pero la causa verdadera por la que merecía de modo eminente una dignidad como ésa, era que fue Doctor, fue Maestro en iluminar el sentido y significado de la ciencia para el hombre de hoy. Esa tarea es singularmente importante, porque ya no se puede pensar que la ciencia sea una acción enteramente independiente del resto de la cultura humana, dotada de una especie de autonomía por virtud de su carácter conocimiento objetivo y cierto. La ciencia está entretejida con todo el resto de la vida de nuestro tiempo, es condicionada por ella, y la condiciona y determina a su vez.

 En primer lugar, la ciencia es una forma de dominio. Entre todas las maneras de ejercer el señorío, el domino sobre u entorno que haya introducido el ser humano, no hay ninguna que sea tan brillante y efectiva como la ciencia, y como la técnica que está íntimamente asociada a ella. Basta pensar en el manejo de variadas formas de energía ; en la transmisión de mensajes, en la comunicación y la informática ; Asimismo,la Bioquímica,la Biología Molecularyla Ingeniería Genéticahan transformado la relación del hombre con la naturaleza, y también la relación de los hombres entre sí. Todo, en el campo de la tecnociencia invita a perfeccionar, ampliar y profundizar ese dominio.

 Sin embargo es evidente que el hombre de hoy se siente también como capturado, condicionado por esta misma obra suya ; esta obra ha llegado a ser normativa para él. Este instrumento suyo de dominio lo mueve, lo induce, lo tienta a pensar que todo aquello que le es posible, es al mismo tiempo lícito. Y poco a poco, el hombre, creador de la tecnociencia, se transforma en su producto. La razón es que quien se aproxime a su acción en el mundo bajo el solo ángulo tecnológico y científico, termina haciendo también del ser humano un objeto y producto de la técnica.

 Así, los modos de pensar y de sentir son determinados por la acción de las comunicaciones sociales tecnificadas. La intimidad humana es invadida y conformada porla farmacología. Lasrelaciones de grupo son modeladas por las técnicas sociales. La vida y la muerte de los seres humanos son manejadas como objetos entre objetos. Hasta la felicidad llega a ser una materia elaborable.

Estos rasgos que esbozo de modo muy simplista, emergen, sin embargo, de continuo en la vida contemporánea, e inducen la aparición de una conciencia inquieta en quien ya no sabe si es amo o esclavo.

Frecuente es que se busque el alivio de esta disyuntiva, en una fuga de la que la época contemporánea nos ofrece tantos y tan trágicos ejemplos. Pero todo eso es recurrir a la mentira y postergar el inevitable enfrentamiento del problema.

 Es necesario ir más al fondo y entender que el hombre, creador y dueño, es fundamentalmente creatura, y que es precisamente esa condición de dependencia la que lo hace libre frente a las obras de sus manos o de su mente.

Jérôme Lejeune fue uno de esos hombres que entendieron que en su dependencia de Dios radicaba su libertad. Fue tan efectivo y original como el que más en su trabajo científico, pero cualquiera que lo oía o que se ponía en contacto con él, podía ver que en su actitud alegre, confiada, sencilla, él haciá de su vida y sus descubrimientos como una ofrenda a Dios que le daba el lograrlos. Y era aparente que él comprendía de modo cabal la inmensa responsabilidad del que con su ciencia modifica al mundo, la responsabilidad de modificarlo sin destruirlo, sin deformarlo, sin quebrar su naturaleza, como quien cuida de bienes ajenos. Al pensar en Lejeune, viene espontáneamente a la mente la imagen del libro del Génesis, del primer y hombre puesto en el jardín de delicias, para que lo trabajara y lo cuidara. La vida de un hombre como Lejeune muestra que esta actitud que es necesaria, es posible ; que esta actitud que es obligatoria, es fecunda.

Pero la ciencia no es básicamente una forma de dominio. Llega a serlo, sólo porque es una forma de aproximación a la verdad de las cosas. Si las puedo usar, si las puedo modificar, es porque puedo predecir su comportamiento, aun bajo condiciones enteramente inéditas. Y si puedo predecir su comportamiento, es sencillamente porque sé alog sobre ellas, porque he desvelado algo de ellas, de su ser, lo he hecho patente ; porque he adquirido algύn grado de seguridad sobre ellas, porque he penetrado su modalidad de existir. Ese conocimiento es participación en el ser, antes de ser manejo de los entes. El carece completamente de sentido y consistencia si la realidad no tiene también una consistencia propia, distinta de la mía, por mucho que yo participe de ella al conocerla. La más precisa y perfecta de la formulaciones no vale nada como teoría cintífica si es que las cosas que intenta describir no se comportan de acuerdo a ella.

El verdadero misterio de la ciencia es que las cosas parecen llevar inscritas en su intimidad la misma ley que el espíritu del científico formula. Ese es verdaderamente uno de los más profundos y desconcertantes misterios que se despliegan ante el ser humano. Creo que era Einstein quien decía que lo más incomprensible que tiene el universo es precisamente que él sea comprensible. Y yo creo que la pista para acercarse a este misterio radica en comprender que nuestro conocimiento no es como una fotografía de las apariencias de la realidad sensible, sino una verdadera participación en su ser. Hoy día cuando está de baja la objetividad postulada por el positivismo, estamos circundados por las tentaciones de negarle consistencia a la realidad exterior, de transformarla en algo que surge de acuerdo a las condiciones del observador y que carece la estructura interna. La crisis del momento es la crisis del ser de las cosas, la tentación de reducirlo a una simple apariencia.

 Y sin embargo las ciencas nos hablan en otro lenguaje, al menos si se las escucha en su sentido obvio y sencillo. Tenemos conocimientos verdaderos en cuanto sabemos del comportamiento de la realidad ; antes de ser un instrumento de dominio, la ciencia es un testigo del ser. Y si ese testimonio no es aceptado, si se prefieren explicaciones que disuelven la consistencia de la realidad, ello es pricipalmente porque la aceptación de la verdad sobre el ser requiere de un acto de humildad, desde luego de saberse una creatura entre las creaturas. Esa humildad es difícil, aun para el que cultiva la ciencia, y que sabe de partida que por ser lo que es, ella está marcada por la inseguridad y el error, como cualquier forma de conocimiento humano y que debe aceptar esto como parte normal de su ejercicio.

 La paradoja es que los hombres que se sienten hoy seguros de poseer más verdades sobre más cosas que nunca en su historia, desconfían de la verdad, del sentido global de lo que hacen. Y si ese sentido, esa verdad no están presentes al menos como impulso y horizonte, las verdades particulares no tienen consistencia. Existen verdades, porque existe la verdad, la realidad en su dimensión inteligible. La verdad es un atributo del ser de las cosas. Lejeune fue un hombre particularmente dedicado a hacer valer esta condición de que en la verdad se hace manifiesto el ser, y por lo tanto se hace próximo el autor del ser. La indudable reticencia a aceptar las exigencias de la verdad que se halla tan fuertemente difundida, es también una consecuencia de esa resistencia instintiva que afecta desde siempre al hombre pero que es más fuerte en nuestro siglo, frente al encuentro, grávido de consecuencias, con Aquel que llama a la existencia tanto a lo buscado como a aquel que busca. Lejeune, por ser un enamorado de la verdad, no quiso nunca reducir los caminos hacia ella e imaginarse que el ύnico válido era aquel que cultivó con éxito tan notorio y llamativo. Justamente porque se aproximó lealmente a un aspecto del ser fue capaz de sentir la sed de él en su conjunto, y buscarlo en el pensamiento filosófico y teológico, así como buscaba a su Autor enla oración. Suvida es una muestra de fidelidad integral a la condición humana en su bύsqueda de la verdad global.

 La verdad como expresión del ser de las cosas, es la huella del creador. Junto a ella resplandece la belleza de la creación, y desde ella se ejerce el immenso atractivo del bien sobre el espíritu humano. Esa virtud de iluminar y de atraer es también compartida por la verdad en la ciencia, porque ella también habla del ser de las cosas. Nadie que lo haya escuchado o visto podrá nunca olvidar la forma directa y afable en que Lejeune transmitía el mensaje simple y arrebatador de que la creación, en el designio de Dios, es buena y hermosa, y de que la ciencia, rectamente entendida y abrazada, es un camino de plenitud. Y tampoco podrá olvidar su apasionada convicción de que es el pecado del hombre el que borra de su espíritu la aceptación de los planes de Dios, y le lleva a renegar de la creación entregada a su cuidado. A través de la elegancia de su palabra fluía esa belleza que no es un adorno prescindible sino el rostro mismo dela verdad. Yese hombre, deslumbrado por la realidad, la hermosura y la bondad de la vida, mereció el nombre que alguien le dio de « cantor de la vida ».

El paso de un hombre como Lejeune por este mundo, es un intento de restituirle en plenitud a la ciencia su peculiar dignidad de acceso ala verdad. Tuvoque ser entonces una existencia dramática, marcada por la contradicción y por la lucha, signos del testigo. Porque la existencia humana se entiende no desde sí misma, sino desde el misterio dela encarnación. La acción humana debería ser como un reflejo de la luz increada, y no sería una exageración decir que la luz que viene de la cienca es parte de ese reflejo. Su distorsión y oscurecimiento por las pasiones humanas y por el pecado son también como una imagen atenuada del rechazo dela Luz que venía a este mundo y a la que no aceptaron les hombres porque sus obras eran malas. Si se quiere usar de la ciencia para el dominio y el placer, se está rechazando a Dios que se manifiesta en sus obras. Fuimos testigos lejanos, y a veces más cercanos, de la rabiosa incomprensión, del rechazo de que se hacía objeto a este hombre talentoso y bueno, simplemente porque no transigía en la defensa de la vida y en la proclamación de su recto valor. No se puede ser testigo del Evangelio sin cargar con la Cruz, y Lejeune no fue ciertamente excepción. Al hacerlo, selló con su personalísimo sacrificio la verdad de lo que defendía, y de modo fuerte pero manso puso en evidencia las malas obras de los hombres que en el dicíl terreno de la biología de la reproducción humana llegan a oscurecer la luminosa creación de Dios. Lejeune aceptó la Cruzy nos dejó a todos un testimonio perdurable para que sepamos vivir nuestra ciencia como cristianos, y hacer de su ejercicio un canto a la gloria de Dios.

 REMUC 9/91, p. 239