Wanda Poltawska

 

Excepcional testimonio de Wanda Poltawska

 

Wanda Poltawska nació en Polonia en 1921. A sus 18 años de edad fue deportada a Ravensbrück. Allí, durante más de cuatro años, estuvo en el grupo de experimentación con mujeres creado por las SS… y finalmente abandonada por muerta. Durante esos cuatro años se prometió que si tuviera la suerte de salir con vida se pondría del lado de la Vida haciéndose médico. Hoy es psiquiatra. Íntima amiga de Juan Pablo II y del profesor Jérôme Lejeune, aceptó por primera vez y para este décimo aniversario, mostrarnos un poco esa comunión , esa unidad de alma, de la que es testigo. En un francés, sembrado de polaco e italiano, nos habla con pudor de esa excepcional amistad.

Conocí a Karol Wojtyla antes de ser Papa, fue en Cracovia.

Había fundado un instituto teológico para la familia y organizábamos congresos. Entonces Polonia estaba aislada. Me habían hablado del profesor Lejeune de París y para nuestras sesiones nos servíamos de sus escritos. En 1975 me invitaron a un congreso en Francia; era la época en que proponían el aborto sólo para cinco años. Fue entonces cuando tuve la ocasión de verle por primera vez. Me gustaba todo lo que decía. Era el único sabio que conocí que veía todas las cosas a la luz de Dios. Como el Santo Padre… Y argumentaba con pruebas genéticas. Hay personas a las que se las conoce sin haberlas visto durante años. Cuando vi al profesor Lejeune la primera vez, supe que pensaba como yo. En seguida nos hicimos amigos. Yo, que no tenía nada que ofrecer, me aproveché de esa amistad. Yo era de un país que no podía aportar nada; pero me sentí segura de que me amó desde el primer momento. Era una amistad clara y profunda. Esto no se da tan fácilmente en la vida. Yo le entendía, él me entendía, no se necesitaban las palabras…
No tengo tiempo para nada…Me gustaba su forma de hablar, con humor y con toda claridad. Sabía argumentar con tal facilidad y sencillez que, tras su exposición, no hacía falta discutir. Todos le entendíamos… Tenía un encanto personal. Era guapo, inteligente y, al mismo tiempo, muy humilde. Era verdadero, auténtico…


Después tuve ocasión de verle en Roma y en París. Su disponibilidad era extraordinaria. Siempre estaba dispuesto a hacer lo que se le pedía. Cuando el parlamento de Polonia tuvo que votar sobre el aborto le llamé. Ese mismo día regresaba de Munich. Tomó otro avión para Varsovia.

Pasé cuatro años y medio en un campo de concentración, en Ravensbrück. Estuve condenada a muerte. Me arrestaron por pertenecer a los scouts. Habíamos organizado una oposición. Seis de la SS vinieron a arrestarme. Seis SS para arrestar a una joven. Tenía 18 años.

Antes de la guerra estaba con mi familia y no conocía ni el mal ni el odio. Fue darme de bruces con el mal. No podía imaginar que la Gestapo arrestase a la gente. Arrestaron 13 scouts y los 13 fueron fusilados. Pero antes de morir cantaron el himno a Polonia: Mañana, dije, seré yo.  Saber que iba a morir me resultó creativo. No me interesa el dinero… la cuestión no es lo que tienes, sino quién eres.

En Ravensbrück me metieron en un grupo de experimentación, un grupo condenado a muerte. 73 personas de unos 20 años. Con otra de 14 años yo era la más joven. Fuimos amigas cuatro años y tuve la oportunidad de aprender alemán. Mis amigas no podían comprender por qué sufrían; acusaban a Dios. Por mi parte puedo decir que jamás me pregunté el por qué. Soy realista. La vida es así y eso es todo. En ese campo estábamos 40.000 mujeres, y sólo 8.000 salieron con vida. De las 73 que estábamos en nuestro grupo de experimentación, hoy sólo vivimos 18. A mí me operaron en el primer grupo de seis mujeres. Y como éramos las primeras, nos tuvieron en mayor observación, con mayor seguimiento, nos cambiaban los vendajes. Pero, después, a los otros grupos les prestaron menos atención. Era verano y no les habían cambiado el vendaje. Quizás yo sufrí menos que las demás.

Me dieron por muerta. Lo sorprendente es que estoy viva. Me rechazaron como a un cadáver. Noté que una mujer me tocaba y decía está muerta. Al oírla, pensé qué tonta es esta médico, tiene que saber que estoy viva; porque yo estaba viva, pero no había signos externos y no lo podía decir. La muerte clínica no es la muerte… Entonces me propuse hacer medicina… En el barracón había una ventana. Más tarde, por la ventana, vi que un hombre cortaba los alambres y decía chicas, sois libres. Entonces una amiga vio que finalmente yo movía un poco los dedos. Eso me salvó. Si me hubieran dejado dos o tres días más estaría muerta. Me acuerdo de todo.

Pude ver el comportamiento de la Gestapo y los SS con los niños y las mujeres gestantes. No existía un aborto programado para no ralentizar el trabajo de las mujeres. Dejaban que nacieran los niños e, inmediatamente, los arrojaban al fuego… Entonces me propuse que, si salía de esa, haría todo lo posible por salvar a los niños. Cuando se puede matar a millones de personas, la vida pierde su valor. Todavía hoy no se ha comprendido bien el valor de la vida.

No se puede comparar la vida con ninguna otra cosa. Es un don de Dios. Hoy el mayor pecado es la violencia de la creatura contra su Creador. Si hoy viniera Jesús, diría no saben lo que hacen.

Al salir de Ravensbrück no podía hablar con nadie. No me entendían. No tenían los mismos valores. Sólo podía hablar con mis amigas del campo. Hay que entender que el hombre vive para morir, para poder cambiar, para no apegarse a nada. Tenía 23 años cuando salí de Ravensbrück. Poco después me casé y fui a la universidad de Cracovia para estudiar medicina.

Entonces Karol Wojtyla era capellán de estudiantes. Le gustaba ocuparse de modo especial de los estudiantes de medicina. Mi marido le contó lo que yo había vivido y Karol Wojtyla quiso venir a verme. Así nació nuestra amistad. También se ocupó de mi madre y de mi hermanita. Esa mistad duró años, en vacaciones, fiestas, en la oración. Todos los días íbamos a misa en Cracovia. Al titularme como siquiatra, escogí la especialidad en la juventud. Trabajé en centros de jóvenes, con los jóvenes, los padres y los profesores. Organizábamos grupos de oración para familias con problemas y parejas en conflicto donde el capellán era el joven Karol Wojtyla. Cuando llegó a obispo organizaba grupos de teología sobre la familia. Luego, durante cuarenta años, fui la directora del instituto de la familia y había un consejo pontificio para la familia en Cracovia. Ese programa polaco lo tienen ahora en otros muchos países. Lo organicé con él. Soy su discípula. Trabajé todo el tiempo con él. Se leía todos los escritos de Jérôme.

Cuando se fue a Roma me dijo: tienes que tener una habitación en Varsovia y otra en Roma… Luego creó el Consejo Pontificio de la Familia. Lo creó el día del atentado. Lo he pagado con mi sangre, me dijo poco después. Era muy importante para él.

El día del atentado yo estaba al sur de Polonia. Mi marido me lo dijo por teléfono. Antes de llamarme ya me había comprado el billete de avión para Roma. Cuando llegué junto a él, me dijo el Santo Padre: no llores. La Virgen me protege. Ella me ha protegido.

Yo enseñaba la antropología católica de Juan Pablo II. La persona humana debe madurar continuamente hasta llegar a la santidad. Para que se entienda esto pongo un ejemplo tomado de los documentos de la universidad de Cracovia: un grupo de médicos fue condenado a muerte por crímenes contra la humanidad, por practicar la eutanasia y otros experimentos. Otro grupo de médicos creó en el gueto de Varsovia un hospital y, al cerrarse el gueto, todos los pacientes murieron de hambre. Estos médicos se quedaron con los enfermos y murieron con ellos. Antes de la guerra los dos grupos de médicos eran compañeros… Habían estudiado en la misma universidad, en las mismas aulas… Cada quien escogió su camino. Como ellos, también vosotros elegid vuestro camino…
El Santo Padre se desvive por los niños minusválidos, por todos los niños… Todo lo que el papa dice y escribe es para salvar la santidad del amor humano, el amor del hombre y la mujer. El amor, el verdadero amor, tiene que ser el centro. Para salvar el amor quiere salvar también al niño. El Santo Padre quiere, de verdad, salvar a toda la humanidad. Un día mi marido le dijo: Ud. se ocupa más de sus enemigos que de sus amigos. Y es cierto. Hay que entender que venimos de Dios y que somos eternos.

Cuando Karol Wojtyla fue elegido papa me habló de Jérôme Lejeune. Ambas personalidades tenían la poesía en común. Jérôme no escribía poesía, pero tenía alma de poeta. El Santo Padre escribe poesía y tiene alma de poeta. En nuestro mundo de hoy la poesía quiere decir que se ve más lejos, en profundidad…
El Santo Padre dice que hay que abrir los ojos del alma. Pienso que eso es lo que hacía Jérôme Lejeune. Los dos eran hombres de oración. El Santo Padre siempre estaba en oración y Jérôme también. Era algo normal, parte integrante de su vida. Se notaba cómo en un paseo por el campo la creación llevaba a la comunión con Dios creador.  Jérôme quería curarlo todo. Cuando vi su taller, al fondo de su jardín, esperaba encontrar un magnífico taller, pero me encontré un antro con toda clase de objetos rotos necesitados de reparación, muñecas, aspersores, una plancha vieja… Quería que todos los objetos, aun los inservibles, fueran bonitos. Al Santo Padre y a Jérôme les gustaban las mismas cosas: el valor de la vida, la grandeza del hombre, los niños. Tenían los mismos valores.

Estaba yo desayunando con el Santo Padre cuando Mons. Stanislas nos dio la noticia de la muerte de Jérôme Lejeune. El Santo Padre se puso muy triste. Fue un golpe terrible. Su respuesta fue significativa. Con un gesto de la mano dijo: Dios mío, le necesito… Son los secretos de Dios. Tras la muerte de Jérôme, cuando su hija Anouk le llevó al Papa una decena del rosario que ella había hecho para su padre, se emocionó mucho.

Sí le necesitábamos, porque era una persona capaz de ayudar a las familias en peligro.  Quería que la Academia Pontificia para la Vida se extendiera como una red por el mundo, para formar médicos. El Santo Padre trabajaba siempre con un programa para salvar las familias. Estimaba mucho el proyecto de la Academia Pontifica para la Vida, y esperaba verla crecer con Jérôme. En 1993 estaba yo con el Santo Padre y el cardenal Angelini para hablar sobre la creación de la Academia Pontificia para la Vida. El cardenal Angelini encontró todos los medios materiales necesarios para poner en pie la Academia. Era amigo de Jérôme. El  11 de febrero, el día de los enfermos, se creó la Academia.

Jérôme fue hospitalizado el mismo día que el Santo Padre caía bajos las balas. Jérôme y su esposa Bertha habían comido con el Santo Padre ese mismo día. Se enteraron de la noticia al bajar del avión en París. Esa misma tarde Jérôme fue hospitalizado. Se sentía tan cerca del Santo Padre que sufría con él. Había comunión, unión de alma entre ellos. Juntos, todo el tiempo hablaban de Dios. El Santo Padre nunca habla de sí mismo. Cuando se le pregunta responde siempre manifestando el pensamiento de Dios. Jérôme se le parecía. El Santo Padre era muy, muy sensible a la belleza del mundo. Lo mismo le sucedía a Jérôme, que admiraba la creación. El Santo Padre veía esa belleza en los árboles, en las flores y Jérôme en la genética. Dios creó al hombre a su imagen… No se puede entender la naturaleza sin Dios. No se puede entender al hombre sin Dios. Jérôme estaba unido al cielo, vivía con Dios.

No hay muchos defensores de la vida en el mundo. Pero unos pocos son suficientes para mantener la esperanza. En el campo de los valores no son muchos los dispuestos a dar su vida. No es fácil encontrar un hombre como Jérôme Lejeune. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de encontrarme con personas excepcionales. Es un regalo de Dios.

 

Recogido en febrero de 2004, en Vaticano, por Karin Lejeune-Le Méné y Aude Dugast.