Pra. Ghislaine Morizon

L. Profesora Agregada de Pediatría de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Estudios médicos y título de Médico-Cirujano en la U. de Chile. Discípula del Prof. J. Lejeune en el Institut de Progénèse, París (Francia). Genetista.


En la mańana del domingo 3 de abril, día de Pascua de Resurrección, a los 67 años de edad, y en plena actividad, nos dejó el Profesor Jérôme Lejeune. El día anterior, con su habitual serenidad, se había despedido de sus colaboradores diciéndoles que los iba a ayudar siempre.

El haber entrado en la vida eterna el día de la Resurrección de Cristo, es interpretado por muchos como un hecho simbólico. El propio Papa S.S. Juan Pablo II, en su mensaje al Cardenal Arzobispo de París, Monseńor Lustiger, con el objetivo de enviar su bendiciVn a los asistentes a los funerales del Profesor Lejeune, dice : « Si el Padre de los cielos lo llamó de esta tierra el mismo día de la Resurrección de Cristo, es difícil no ver en esta coincidencia una señal. La Resurrección de Cristo constituye un testimonio a la vida, que es más fuerte que la muerte ».

Al partir, el Profesor Lejeune dejó sumidos en la tristeza y la consternación, no solamente a su familia y colaboradores, sino también a un gran nύmero de personas a las que durante toda su vida ayudó, alentó y acompañó en sus pruebas, especialment a los jóvenes trisómicos 21 y sus familias.

Conocí al Profesor Lejeune en el año 1968, casi diez ańos después de su descubrimiento de la trisomía 21. tuve la suerte de estar un tiempo largo en su servicio la primera vez, para luego volver cada año (incluso dos veces en el año, en estos ύltimos tiempos) por cortos períodos.

Lo que más me llamó la atención en un principio, fuera de su sorprendente humildad, fue su gentileza. Si uno se equivocaba al ordenar los cromosomas (todavía no existían las técnicas de bandeo que permiten identificar con certeza cada cromosoma) era, segύn él, porque tenía mucha hambre enese momento, o quizá sueño. Un día me atreví a decírselo y me respondió sorprendido : « pero si es tan fácil ser gentil ». Le parecía normal.

Sus ayudantes lo consideraban un hombre feliz, viviendo un poco en otro mundo, y es realmente la impresión que él daba. De carácter parejo, tranquilo, sereno, sencillo, siempre contento, hablaba poco, escuchaba mucho, criticaba con gentileza como disculpándose, explicaba con calma. Se daba tiempo para todo. Contestaba las cartas manuscritas inmediatamente a la vuelta de correo. Para la Pascua le escribía una carta personal, diferente, a cada una de las diez lolitas trisómicas 21 de una de las tantas instituciones que él ayudaba.

Siempre daba la sensación de dominar la situación : aun en las discusiones más ásperas, no perdía la calma, no levantaba la voz, no ofendía. Esto, a veces, desesperaba a sus ayundantes ; en una ocasión le oí decir a uno de ellos, indignado, « pero si no es un científico, es un filósofo ». Quizás era los dos.

En su consulta, en el Hospital Necker-Enfants Malades, recibía a cada paciente y sus padres con cariño. Nunca se apuraba, escuchaba, observaba, tranquilizaba. Los niños se veían cómodos, alegres ; los padres dispuestos a luchar. Ellos sabían que el Profesor Lejeune estaba siempre disponible para ellos.

Para el Profesor Lejeune su familia era muy importante Tenía una gran admiración por su mujer. Un día que, impresionada por la sencillez y simpatía de una de sus hijas, se lo comentaba, me dijo » pero si todos mis hijos son gentiles…, se parecen a su madre ». Estaba muy orgulloso de sus cinco hijos (uno sacerdote) y sus veinte nietos.

El Profesor Lejeune era un hombre profundamente religioso. Por pertenecer a la Academia Pontificia de Ciencias, y por ser asesor científico del Santo Padre, debía viajar frecuentemente (más o meno una vez al mes) al Vaticano. En ocasiones llevaba a su seńora y contaba riéndose que mientras él trabajaba, ella se dedicaba a saludar a los Cardenales : « elle faisait la tourné des Cardinaux », ya que ella era muy popular y querida por todos ellos.

Periódicamente tomaba desayuno con el Papa, invitado por él, luego de asistir a su misa privada. En una ocasión, el Santo Padre, al saber que el Profesor Lejeune había venido a Roma, es avez con una hija recién casda, invitó también al joven matrimonio. Durante la misa la niña se sintió mal. Una reliosa la llevó al apartamento privado del Santo Padre, volviendo luego para anunciarle al Profesor Lejeune que iba a ser abuelo. Era su primer nieto.

Quedó muy impresionado y sacó las siguientes conclusiones :

1) en ese momento, junto al Papa había tres generaciones de Lejeune (su Sra. Y él ; el joven matrimonio y… la « guagua »).
2) Su hija era la ύnica persona de la familia que tenía el privilegio de conocer el baño del Santo Padre.

 

Desde su escubrimiento de la Trisomía 21 el Profesor Lejeune tuvo un gran sueño : encontrar el tratamiento de esta enfermedad ; dedicó toda su vida a ese objetivo. Consagró toda su existencia a los niños y adultos con alguna desventaja mental y a sus familias.

Con su actitud, sus consultas, sus intervenciones pύblicas, logró devolverles a numerosos jóvenes trisómicos la confianza en símismos, la dignidad y el status de seres humanos en plenitud, « à part entière ». Ayudó a sus padres a sobrellevar un destino adverso sin tener miedo a expresar su cariño por esos hijos diferentes. A todos les dio paz, fuerza, ganas y alegría de vivir, dejando a un lado la desesperación.

De esta gran obra humana pueden dar testimonio, hoy en día, en muchos países, miles de padres, decenas de asociaciones, centenares de educadores a quienes les mostró el camino gracias a su activa compasión.

El Profesor Lejeune trabajó siempre por la vida defendiendo al niño por nacer, aunque se tratara de un niño con alguna limitación o del más joven de los hombres : el embrión. Luchó para hacer admitir que, desde la conceptción, el nuevo ser es ύnico e irreemplazable, y que su vida tiene el mismo valor, el mismo significado, la misma dignidad que la del niño, del joven, del adulto, o del anciano. Luchó para que al embrioón humano le fuera dado un status de persona, protegido por la Ley. No vaciló en atravesar el Atlántico, dejando de lado todos sus quehaceres, para ir a defender la vida de siete embriones congelados que se peleaban sus padres divorciados (Juicio de Maryville).

Unos meses antes de morir, creó la Academia Pontificia para la Vida, dejando listos todos los elementos necesarios para esta nueva fundación. El 1° de marzo de este año el Santo Padre lo disignó su primer presidente.

Por haber mantenido su posición con valentía, y con la inflexibilidad de una conciencia pura, y por haber puesto sus convicciones desinteresadas por encima de cálculos y compromisos, el Profesor Lejeune tuvo muchos enemigos, debiendo soportar ataques de todo tipo, algunos muy duros. Además desde 1982 tuvo que renunciar a toda clase de ayuda oficial para sus investigaciones. También tuvo que abandonar la idea de un eventual Premio Nobel, para el que debía ser propuesto por sus pares, sabiendo muy bien que muchos de ellos no tendrían el valor de hacerlo.

Este gran médico y científico, hombre irreprochable, de gran espiritualidad y humanidad, hombre de Dios para algunos, deja un vacío muy grande, tanto más que hoy en día, está en peligro la dignidad de la vida.

Sin embargo, quedan repartidos en todo el mundo sus numerosos discípulos y sus fervientes seguidores decididos a continuar luchando. Ya se formó en Londres el primer « Centro Jérôme Lejeune » destinado a la atención de nińos trisómicos y a la investigación. El Profesor Lejeune debe haber estado muy consciente de ello, porque se fue sin miedo, sin amargura, con la serenidad de los justos.

Esto quedó reflejado en la carta de su más cercana colaboradora en estos ύltimos años, la Dra. Marie Peeters, anunciándonos su partida : « Monsieur Lejeune est entré dans la joie du Ciel, le matin de Pâques, à 6 hrs 45. Il est resté conscient, digne et priant jusq’au bout ». « El Profesor Lejeune entró en la alegría del cielo, en la mañana del día de Pascua de Resurrección, a las 6.45 horas. Estuvo consciente, digno y rezando hasta el final… »