Primer misterio gozoso. El anuncio hecho a María y el anuncio hecho a José


En esta fiesta es bueno recordar que María fue concebida con todas las de la ley. Cierto, santa Ana y san Joaquín habían engendrado a su hija de forma natural; pero, bendita entre todas las mujeres, no se vio herida ni en el cuerpo ni en el alma por el pecado original, esa falta en el ser que sufren todos los hijos de Adán y Eva. En nuestra naturaleza humana, la interrelación entre el amor y los circuitos de la eficacia no consiguen entenderse; hasta el santo hace el mal sabiendo que no debe hacerlo. En nosotros, corazón y razón, están lejos de vivir, digamos, en armonía. Esta enfermedad, que todos padecemos, María no la sufrió jamás. Así, la joven Virgen, apenas comprometida con el honrado José, y muy sorprendida por la noticia que le dio el Ángel, respondió a ese anuncio con valiente serenidad y apacible precisión.

Además las primeras palabras del ángel no fueron no temas, al abordar el tema como todo mensajero divino se sabe obligado al empezar su ministerio. Mucho más ceremonioso, Gabriel empezó así:
Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres...

Es un diálogo inolvidable y que siempre resulta nuevo a pesar de haberlo repetido miles de veces; son palabras que nos transmite san Lucas quien, a su vez, las obtuvo de María.
Y como María, turbada, se preguntaba el por qué de ese saludo, le respondió el ángel: No temas, María, has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y tendrás un hijo. Le llamarás Jesús. Será grande. ¡Le llamarán el Hijo del Altísimo! Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre en la Casa de Jacob. Su reino no tendrá fin.

Entonces dijo María: ¿Y cómo será eso, si yo no conozco varón?

Le respondió el ángel: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño que nacerá de ti será Santo y se le llamará Hijo de Dios. Y también tu prima Isabel, a pesar de su edad, ha concebido un hijo. La que llamaban estéril ya está de seis meses. Porque, ¡para Dios no hay nada imposible!

Y María respondió: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró.
El anuncio hecho a José fue más sencillo y más directo, como nos lo narra san Mateo. María estaba comprometida con José pero, antes de vivir juntos, ella se encontró en cinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo, no la quiso denunciar y se propuso abandonarla discretamente.

Cuando había tomado esa determinación, se le apareció en sueños el ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en recibir en tu casa a María, tu esposa. La criatura que hay en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un niño y tú le llamarás Jesús. El salvará al pueblo de sus pecados.

El cumplimiento de este doble anuncio es lo que nos ha permitido repetir el Dios te salve, María...

 

Segundo misterio gozoso. La Visitación

Poco después María se puso en camino hacia la montaña y se dirigió al país de Judá. Al entrar en casa de Zacarías saludó a Isabel.

Pero, apenas Isabel oyó el saludo de María, el niño que ella llevaba se estremeció en su vientre y, llena del Espíritu Santo, exclamó Isabel en voz alta y dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde acá que venga a visitarme la Madre de mi Señor? Apenas oí tu saludo el niño ha saltado de gozo en mi seno. Conmovedora confidencia, siempre revivida, cuando dos mujeres en estado se comunican pudorosamente los inmensos secretos de la vida. Bendita tú que has creído, sigue Isabel, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

... y dichosos también nosotros porque este relato nos lo ha transmitido un médico creíble. A san Lucas nos se le escapó subrayar el detalle: Isabel estaba de seis meses cuando el niño se estremeció en su seño al llegar nuestro Señor, también él en el seno de María. Maravillosa precocidad del Precursor, lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, tal como seis meses antes le había anunciado Gabriel a Zacarías en el templo.

Si Juan Bautista tenía seis meses de edad en el útero, ¿qué edad tenía entonces la forma humana de Jesús?

San Lucas nos dice que poco después de la Anunciación, in diebus illis,  María se fue hacia Isabel cum festinatione. Como en esa tierra, a pie o en burro, los viajes nunca son largos la juventud de nuestro Señor sería, como mucho, de unos días, quizá una semana, cuando Juan Bautista le reconoció.
Qué lección para los falsos sabios de nuestros días que tercamente pretenden no saber cuando comienza la vida. Si, sencillamente, leyeran el relato de la Visitación, pronto adquirirían la ciencia de Isabel o, mejor, ¡la de un profeta de seis meses! Y, mientras María entona el magníficat, con todas las generaciones del mundo, nosotros la llamamos bendita repitiendo el saludo que anunciaba todo esto: Dios te salve, María, …

 

Tercer misterio gozoso. El nacimiento

Sucedió que en aquel tiempo el emperador Augusto publicó un edicto para hacer un censo de toda la tierra. Ese censo comenzó cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos fueron a inscribirse, cada quien a su pueblo. José, que era de la familia y descendencia de David, salió de Nazaret de Galilea y subió a Judea, hacia Belén, la ciudad de David, para inscribirse con María, su mujer, que estaba en cinta.

Mientras estaban en Belén, su embarazo cumplió y dio a luz a su primer hijo, le envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.

Cerca había unos pastores que guardaban sus rebaños durante la noche. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios les envolvió con su luz. Les invadió un gran temor. El ángel les dijo: No tengáis miedo. Os anuncio una gran alegría para toda la gente. Hoy os ha nacido un Salvador, Cristo el Señor ha nacido en la ciudad de David. Así le reconoceréis: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Inmediatamente una multitud del ejército celestial se unió al ángel y cantaron las alabanzas de Dios… Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Los ángeles se alejaron en el cielo y los pastores se dijeron: Vamos a Belén y veamos qué ha sucedido y lo que el Señor nos ha anunciado. Fueron de prisa y descubrieron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho a propósito de este niño y todos los que les escuchaban quedaban maravillados de lo que decían los pastores. Y María retenía todo lo que decían y lo guardaba en su corazón.

El evangelio de María, narrado por Lucas, nos obliga a subrayar que para los que son mansos y humildes de corazón es un ángel quien de forma señalada viene a anunciarles el nacimiento del Niño. Y también, como dice un viejo villancico, una multitud de ángeles ha aparecido en el cielo cantando sus alabanzas en divinas melodías.
Pero, ¡cuando se trata de convencer a los poderosos, la cosa se vuelve más difícil! Aunque debidamente avisado por la ciencia y claramente educado por la fe, ¡el poder político, sirviéndose de la razón de Estado, masacra a los inocentes! Nuestros días saben algo de eso, si bien Herodes no hizo más que marcarles el camino. Si hizo matar a los niños de dos años para abajo, en lugar de limitarse sólo a los recién nacidos, (o a los pequeñines que aún están en el seno de su madre como se hace hoy), fue por un error de interpretación…

Según los cálculos de Robert Sinnot, se sabe que el 17 de junio del año 2 antes de Cristo hubo una señalada conjunción entre Venus y Júpiter; ambos planetas se veían tan cerca el uno del otro (0,04 grados) que, a simple vista, no formaban más que un solo punto de luz, un único planeta. Mirando desde el Oriente, esa coincidencia, que se apreció cuando los astros se ponían, se fijó exactamente sobre Palestina. Sinnot ha descrito poéticamente, pero con gran precisión, cómo los sacerdotes de Babilonia subían al zigurat de Sippar para observar ese fenómeno que desde tiempo atrás estaban esperando. Año y medio antes del nacimiento del rey, esa es la observación de los magos, cuando le anuncian a Herodes que han visto en Oriente la conjunción de los símbolos celestes del Amor y la Realeza.

Claro que el movimiento de los planetas resulta menos espectacular que si se tratara de una estrella como imaginan quienes hablan de otros reyes. Pero sólo un planeta da la impresión de ir en una u otra dirección y hasta de quedarse quieto; es un movimiento tan lento que se necesita ser astrónomo para apreciarlo. Así, por su movimiento, el astro primero indica a los magos el camino y luego, de hecho, se para. Por eso fue grande su alegría al encontrar a la Madre y al Niño y, entrando en la casa, le ofrecieron mirra, oro e incienso.
Como los Magos le habían informado a Herodes con precisión sobre la fecha de ese fenómeno, se comprende por qué pensó que era una buena medida el mandar matar a los recién nacidos de dos años para abajo. Crueldad poco acertada, siendo así que sólo habían pasado 18 meses y medio desde que tuvo lugar el fenómeno astronómico sobre la Verdad.

Pero el ángel vigilaba por partida doble. Gracias a él, los magos regresaron a su país por otro camino. Y gracias a él, José, avisado en sueños de tomar al Niño y a su Madre, huyó de noche a Egipto, justo antes del martirio de los inocentes.
Recordando estos primeros mártires, y en memoria de unos 500 niños matados cada día en Francia por el aborto, repetimos el saludo dirigido a quien lleva la Vida: Dios te salve, María

 

Cuarto misterio gozoso. Presentación de Jesús en el templo

Al llegar el día de la purificación, Jesús fue llevado al templo… Entonces vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre bueno, temeroso de Dios y esperaba la salvación de Israel. El Espíritu Santo moraba en él y le había revelado que no conocería la muerte sin que sus ojos contemplaran la gloria del Señor. Este hombre, guiado por el Espíritu Santo, fue al templo, justo cuando los padres del Niño le llevaban para cumplir lo prescrito por la Ley. Simeón tomó al niño en sus brazos, bendijo a Dios y dijo: Ahora, Señor, según tu palabra, ya puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

El padre y la madre de Jesús se maravillaban de todo lo que se decía del niño. Simeón les bendijo y le dijo a María, su madre: Este niño está puesto para caída y elevación de muchos en Israel. Será signo de contradicción -¡Y a ti una espada te traspasará el alma!- para que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.

Estaba allí una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era muy anciana, después de casarse había vivido siete años con su marido. Esta viuda, de ochenta y cuatro años, no se apartaba del templo, sirviendo a Dios día y noche, en ayunos y oraciones. Se acercó en ese preciso momento y se puso a dar gloria a Dios, hablando del Niño a todos los que esperaban la salvación de Israel. 

Sin pretender revelar lo que ni Lucas ni Mateo han precisado, bien podríamos suponer que la delegación de astrónomos venidos de Oriente llegaría a Jerusalén poco después de la Presentación. Y, si, como dice Lucas, la muy anciana Ana, hija de Fanuel, anunciaba la llegada del Niño a todos los que la quisieran escuchar, la noticia se debería haber propagado rápidamente por todo Jerusalén. Y, justamente a continuación, llega la averiguación sobre el Rey de los judíos que hacen los magos. Con razón Herodes y la ciudad entera se inquietaron; la interpretación astrológica venía a reforzar, de forma inesperada, el creciente y alarmante rumor sobre el poder establecido.

Se reunió a los especialistas para saber dónde debería nacer el Niño Rey, el que es el Pan de la Vida; pero entonces nadie lo podía adivinar. Sin embargo, aun sin apartar la nariz del Libro, los intérpretes de la Ley dijeron que el lugar señalado era la Casa del Pan, que en hebreo se dice Belén. Lo había profetizado Miqueas y le cita Mateo: Y tú, Belén de Judá, tú no eres el más humilde de los pueblos de Judá; de ti saldrá un jefe que regirá mi pueblo Israel. Pero Miqueas, en el texto original, decía algo más: Él regirá mi pueblo Israel. Él, cuyo origen se remonta a los tiempos más antiguos, a los días de la eternidad.
A los días de la eternidad… hasta entonces se remonta el Verbo que se hizo hombre en María, como repetimos en el anuncio: Dios te salve, María…

 

Quinto misterio gozoso. Jesús encontrado

El quinto misterio gozoso -Jesús ante los doctores- nos presenta un descripción tan profunda de la psicología del Niño, ya crecido (diríamos que a la edad de la primera comunión o de la confirmación), y una entrañable alusión a la ternura de María y a la solicitud de José, que hace superfluo el que un científico se atreva a comentar el texto de Lucas quien, en tan pocas palabras, lo ha dicho todo.

Todos los años, en la fiesta de Pascua, los padres de Jesús subían a Jerusalén. Cuando Jesús ya tenía doce años, subieron a Jerusalén como era su costumbre. Al final de la fiesta, regresaron sin darse cuenta que Jesús se había quedado en Jerusalén. Pensando que estaría en cualquier otro lugar de la caravana hicieron una jornada de camino, mientras le buscaban entre parientes y conocidos. No le encontraron y volvieron a Jerusalén para buscarlo. Pasaron tres días hasta que por fin le encontraron en el Templo, sentado entre los doctores de la Ley, escuchándoles y haciéndoles preguntas. Cuantos le escuchaban se maravillaban de su prudencia y de sus respuestas. Ante semejante espectáculo los padres de Jesús quedaron profundamente impresionados. Su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te estábamos buscando.
Jesús les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Él les siguió, volvió con ellos a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba todas estas cosas en su corazón.

Como recuerdo de esos días felices, en los que Jesús crecía en edad, en gracia y en sabiduría ante Dios y ante los hombres -bendito tiempo cuya memoria nos viene del corazón de la misma María- surge en nuestros labios aquel saludo que anunció la salvación: Dios te salve, María…