Pulgarcito contada por Jérôme Lejeune


El ser humano al cumplir su primer mes de edad mide cuatro milímetros y medio.

Al cumplir una semana ya late su diminuto corazón y se aprecian brazos, piernas y cabeza. A los dos meses, desde la cabeza a los pies, mide ya unos tres centímetros. Encogido cabría en una cáscara de nuez. Resultaría invisible dentro de un puño cerrado y, al menor descuido, ese puño le aplastaría sin darse cuenta. Pero, abre la mano; está casi terminado, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro, todo está en su lugar y no hará más que crecer. Mírale más de cerca y podrías leer las líneas de su mano y decirle la buenaventura. Y, si todavía le miras más de cerca con un microscopio normal, podrías descifrar sus huellas dactilares. Ya lo tiene todo para poderle asignar desde ahora su documento nacional de identidad.

El increíble pulgarcito, el hombre más pequeño que mi pulgar, realmente existe; no precisamente el del cuento, sino el que cada uno de nosotros hemos sido.

Dirás que el cerebro no estará completo hasta los cinco o seis meses. Y no es así, ¡porque su cerebro no ocupará totalmente su lugar hasta el nacimiento; sus innumerables conexiones no funcionarán del todo hasta los seis o siete años y su maquinaria química y eléctrica no será completada hasta los catorce o quince años! Dos meses después de la fecundación, de forma progresiva, llega a completar su período embrionario. Entonces el pequeñín es tan grande como mi pulgar. Y por eso todas las madres, al explicar cuentos de hadas a los niños, les hablan de la historia de Pulgarcito, porque es una historia real.

Todos nosotros hemos sido Pulgarcito en el vientre de nuestra madre y la mujeres siempre supieron que había como un mundo de cavernas, una especie de escondite invadido de una luz rojiza, en el que se oye un sonido acompasado y en el que los pequeñines tienen una vida estraña y maravillosa. Esa es la historia de Pulgarcito.