Association des Amis du Professeur Jérôme Lejeune

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El Profesor Jérôme Lejeune

 

 

En agosto de 1997 se celebra en Francia la Jornada Mundial de la Juventud, y allí está Juan Pablo II. Pronto corre la noticia de que el Papa, a pesar de las presiones para impedirlo, ha alterado el programa de su viaje. Se ha buscado una escapada a Châlo-Saint-Mars, pueblito d’Île-de-France, para arrodillarse ante la tumba de su amigo el profesor Lejeune, muerto en 1994.

Jérôme Lejeune nació en 1926, en Étampes, en una familia que la guerra de 1939-1945 dejaría en la ruina. A sus trece años descubre a Pascal y a Balzac, dos autores que le dejarían marcado para toda su vida. Impresionado por el Dr. Bénasis, el héroe de Médico rural, también él quiere ser médico rural para dedicarse a los humildes y a los pobres. Pasada la guerra, se lanza con pasión al estudio de la medicina. Pronto, una razón más le estimula en el trabajo: ha conocido a Birthe, una joven danesa, de la que se ha enamorado apasionadamente. El 15 de junio de 1951 defiende con éxito su tesis doctoral. Ese mismo día se decide su futuro en un sentido totalmente distinto a sus proyectos: uno de sus maestros, el profesor Raymond Turpin, le propone colaborar en una gran obra sobre el mongolismo, enfermedad que afecta a uno de cada seiscientos cincuenta niños. Jérôme acepta. Desde entonces queda marcado su camino. El primero de mayo de 1952 se casa en Odense, en Dinamarca, con Birthe Bringsted, ya convertida al catolicismo y de la que tendrá cinco hijos. La vida de familia ocupa en él un lugar primordial, sobre todo durante las vacaciones. Cuando está en el extranjero, todos los días escribe a su mujer.

En 1954 pasa a ser miembro de la Sociedad Francesa de Genética y agregado de investigación en el Consejo Superior de Investigaciones Cientifícas Después de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, está al orden del día el efecto de las radiaciones sobre la reproducción humana. Turpin dirige su equipo hacia ese terreno y, en 1957, la ONU nombra a Jérôme, experto en los efectos de las radiaciones atómicas en genética humana. Desde entonces participa en congresos internacionales donde se hace notar la cándida libertad de su lenguaje, frente a la voluntad dominante de ciertas delegaciones.

Tres hijos son ya la alegría de la casa, cuando la salud del padre se degrada. Jérôme es puesto ante la evidencia: tiene cáncer de pulmón. La agonía de este padre querido le permite percatarse hasta qué extremo resulta insoportable contemplar el sufrimiento de los seres queridos. Y su mirada se hace aún más profunda: en el rostro de cada enfermo, reconocerá al mismo Cristo.

Sirviendose de las nuevas técnicas fotográficas, Jerôme descubre,  en un tejido que procede de un niño mongólico, la presencia de un cromosoma de más, al nivel del par 21 (el ser humano cuenta con 23 pares, es decir 46 cromosomas). Ése es el origen del mongolismo, enfermedad a la que desde ahora se la llamará trisomía 21.En marzo de 1959 se informa a la Academia de Medicina del descubrimiento. En noviembre de 1962 le conceden a Jérôme el Premio Kenedy ; en octubre de 1965 pasa a ser titular de la primera cátedra de genética fundamental en París. Todo apunta hacia la esperanza: su descubrimiento y la publicidad que se le ha hecho en el mundo científico, piensa, animarán la investigación y permitirán la puesta a punto de tratamientos apropiados para curar a los enfermos y dar una esperanza a sus padres. Las familias de los enfermos, atraídos por la fama internacional de Jérôme y por su acogida, se dirigen a él cada vez en mayor número. Trata a muchos millares de jóvenes pacientes, que vienen a consultarle de todo el mundo, o cuyo seguimiento lo realiza por correspondencia. Ayuda a los padres a comprender y a aceptar esta prueba en una perspectiva cristiana: sus hijos trisómicos, creados a imagen de Dios, están llamados a una vida eterna en la que no quedará nada de su enfermedad. Les asegura que su hijo, a pesar de una grave limitación intelectual, desbordará en amor y ternura.

 

Racismo cromosómico

Pronto nota Jérôme, sobre todo en los médicos americanos, una corriente que aconseja la supresión por aborto de los enfermos en gestación. Ve con horror los riesgos que su descubrimiento puede ocasionar a los trisómicos. Para combatir esta especie de racismo, le parece que llamar a la realidad experimental es una arma decisiva. En efecto, hace ver a los espíritus no partidarios del aborto que no se puede considerar extraños a la especie humana a los seres que biológicamente ya forman parte de dicha especie: por tanto, el embrión ya es un hombre. 

En agosto de 1967 el profesor Lejeune es invitado a la séptima asamblea mundial de la Asociación Médica Israelita, que se celebra en Tel-Aviv. Se alternan trabajos y excursiones. La primera excursión les lleva al lago de Tiberíades. Entré en una capillita de mal gusto, relata Jérôme... Me tendí todo a lo largo para besar la huella imaginaria de los pasos de Quien estaba allí. En ese instante, le asalta un sentimiento desconocido: Un hijo que encuentra a un padre muy querido, un Padre al fin conocido, un Maestro soñado,  un sacratísimo Corazón descubierto, todo esto y mucho más se daba allí... Todo se funde en el fuego de esta brasa de amor: el mundo, los honores, el triunfo, el miedo al juicio de los demás. Sólo queda el Señor y la necesidad de responder a su anticipada bondad.

Cuando Jérôme se une a los otros congresistas, una fuerza lo invade. ¿Con qué fin? Un accidente le pondrá en el camino. Al llegar a Caná, el guía pregunta si alguien sabe por qué es mundialmente famosa la ciudad. Jérôme toma el micro e, inocentemente, narra el episodio evangélico de las bodas y el milagro del agua convertida en vino. Hay un gran silencio. Luego el guía responde: ¡Se equivoca usted! ¡Lo que hace importante a Caná es la presencia de los laboratorios de cosmética Helena Rubinstein! Explosión general de risa. Jérôme se calla, se siente incapaz de vengar el atropello que Cristo acaba de recibir ante sus ojos. Y sigue la visita a Nazaret: Al salir del autobús todos se dirigen hacia la basílica de la Anunciación. Algunos hablan en voz alta y otros hacen chistes obscenos sobre la visita del ángel y la virginidad de María. Jérôme se siente provocado. ¿Qué hacer? Entra, se santigua lentamente y se arrodilla por reverencia hacia el misterio de la Encarnación realizado en este lugar. Curiosamente, su actitud humilde y valiente hace callar a los burlones. Después de esta pública profesión de fe, nadie provocará ya al profesor Lejeune, pero se le apartará del grupo.

 

He perdido mi Nobel

En agosto de 1969, la Sociedad Americana de Genética otorga a Jérôme el William Allen Memorial Award, la más alta distinción que se le puede conceder a un genetista. Ya a su llegada a San Francisco, donde se le debe entregar el premio, Jérôme percibe con claridad que se proyecta autorizar el aborto de los trisómicos. El pretexto es que resultaría cruel, inhumano, dejar venir al mundo pobres seres condenados a una vida inferior y que representan una carga intolerable para sus familias. Jérôme tiembla: ¡con mi descubrimiento, se dice, he hecho posible ese horrible cálculo!. Después de la entrega del premio tiene que pronunciar ante sus colegas una conferencia. ¿Tendrá la valentía de decir la verdad? Le viene a la memoria una frase célebre de san Agustín: Dos amores han construido dos ciudades: el amor propio, empujado hasta el desprecio de Dios, ha construido la ciudad terrena; el amor de Dios, empujado hasta el desprecio de sí mismo, ha construido la ciudad celeste. Su valoración en el mundo científico importa poco: Lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis, dijo Jesús, ¡de verdad me lo hicisteis a mi! (Mt 25, 40). ¡Él tiene la última palabra! La naturaleza corporal de los hombres, explica, está contenida en su totalidad en el mensaje cromosómico desde el primer instante de la concepción; este mensaje hace del nuevo ser un hombre, no un mono, ni un oso; un hombre cuyas virtualidades físicas están todas ya incluidas en las informaciones dadas a sus primeras células. Nada se le añadirá a esas virtualidades que estarán al servicio de su vida intelectual y espiritual: allí está todo. Y concluyó con claridad: la tentación de suprimir por el aborto a los niños enfermos va contra la ley moral y la genética confirma que tiene razón; esta moral no es una ley arbitraria. No hubo ningún aplauso, sólo un silencio hostil y molesto pudo palparse entre aquellos hombres que son la élite de su profesión. Jérôme les desafió de frente. Y escribió a su esposa: Hoy he perdido mi Nobel de medicina; pero se siente en paz. Y se desahoga en su diario íntimo: El racismo cromosómico se alza como una bandera de libertad... Que esta negación de la medicina, de la total hermandad biológica que une a los hombres, sea la única aplicación práctica del conocimiento de la trisomía 21 es mucho más que un desconsuelo...!Proteger a los desheredados, qué idea tan reaccionaria, retrógada, integrista e inhumana!

 

El combate de los medios

¿Dejando de lado a los profesionales de la medicina, no se podría convencer a los políticos? En junio de 1970, el diputado francés Peyret presentó un proyecto de ley que permitiera el reconocimiento prenatal de los niños trisómicos y su destrucción mediante el aborto. Tras las vacaciones, los medios abordan el debate. Invitan a Jérôme a los debates televisivos emitidos para la máxima audiencia. Su intervención le proporciona una correspondencia gigante entre la que destacan las emotivas cartas de los nacidos con gran discapacidad y que testimonian que su vida no ha sido el desastre que algunos pretenden; y también llegan cartas de los padres de los trisómicos que hablan del enloquecimiento de su hijo o hija al enterarse de que se quiere matar a quienes se les parecen. En realidad, la campaña en favor de la supresión de los trisómicos es un pretexto para introducir el derecho al aborto. Se dedican a desautorizar a Lejeune. Después de haber intentado contradecirle en varias conferencias, el 5 de marzo de 1971, durante una gran reunión pública en la Seguridad Social, los opositores, armados con barras de hierro llegan a molestar a las mujeres, a los ancianos e, incluso, a los muy discapacitados. Tiene que intervenir la policía y hacer huir a los agresores. Y Jérôme sale del embrollo con algunos tomatazos en plena cara.

Ahora el tema del aborto convulsiona a toda Europa. Gran Bretaña sigue los pasos de Estados Unidos que ya han legalizado el reconocimiento de la trisomía y su tratamiento mediante el aborto. La campaña mediatica en Francia habla del aborto de todos los indeseados: Mientras no ha nacido el niño no es legalmente una persona. La mujer tiene derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo... Son sofismas bien presentados que llegan a asumir algunas mentes católicas hasta el punto de llegar en algunos casos a favorecer su propagación.

En un viaje a Virginia, en octubre de 1972, se le presenta a Jérôme un protocolo para ser aplicado de acuerdo con experimentos  de psicología o de bioquímica practicados a fetos de cinco meses, extraídos con este fin por cesárea. Lejeune escribe a su esposa: Se trata de un texto que habla de tratarlos como cualquier tejido u órgano extraído, y precisa que se les debe matar apenas transcurrido un poco de tiempo... Simplemente he dicho que ningún texto podía reglamentar el crimen. ¿Cómo sus compañeros, tan cualificados, han podido llegar hasta ese extremo? Con el pretexto del rigor científico han sido educados en un óptica en la que no hay lugar para Dios: y consideran bueno no lo que está de acuerdo con la ley de Dios, sino lo que es eficaz; y consideran malo todo lo que estorbe el progreso material. Ya no consideran al feto como un hombre, como una criatura de Dios llamada a verle y a amarle por toda la eternidad. Y, así, el feto se puede convertir en el blanco de todos los ataques: una simple mayoría lo puede justificar.

 

El eslabón más débil

En 1973 Estados Unidos aprueban constitucionalmente el derecho al aborto en general. El 18 de marzo, en un seminario sobre este tema que se celebró en la abadía de Royaumont, en Île-de-France, una mujer investida de autoridad lanzó esta frase: Queremos destruir la civilización juedo-cristiana. Y para destruirla, tenemos que destruir la familia... atacándola en su eslabón más débil, el niño que todavía no ha nacido. ¡Por eso somos partidarios del aborto! El 7 de junio se presenta en la Asamblea Nacional el proyecto de ley que despenaliza el aborto. Jérôme advierte que, para hacer pasar la ley del aborto, se usan cifras falsas y que se presentan casos de extrema miseria, a los que él, sin embargo, presta suma atención. Pretendidas encuetas hacen creer que la mitad de los médicos son favorables: pero, en ese momento, gracias a la iniciativa de la señora Lejeune se consiguen y publican más de 18.000 firmas de médicos franceses (es decir la gran mayoría de todos ellos) que declaran su oposición al aborto, y hacen ver así la falsedad de la campaña informativa. Pronto los enfermeros se unen a los médicos, y luego los magistrados y los profesores del derecho y los juristas y más de 11.000 alcaldes y diputados locales. Y se consigue paralizar el proyecto. En esa batalla, en la que está en juego la fidelidad al decálogo y el salvar vidas humanas, gran parte del clero guarda silencio. A la señora Lejeune le escribe su párroco: La Iglesia no puede presentarse como un grupo de presión. Yo creo que si los obispos guardan silencio ahora, es precisamente por eso. Esto le hace sufrir a Jérôme. Algo más tarde, el 15 de diciembre de 1974, la Asamblea Nacional aprueba para un periodo de cinco años la ley Veil, que permite el aborto.

El 13 de mayo de 1981, Jérôme y su esposa están en Roma, ya que el papa desea recibirles en audiencia privada. Después de la entrevista, espontáneamente el papa les invita a comer. Esa misma tarde, cuando regresan a París, se enteran del atentado sufrido por Juan Pablo II, apenas unas horas después de haber estado con él. Esta noticia quebranta la salud de Jérôme. En otoño, el Papa, preocupado por la situación internacional, decide enviar a todos los jefes de Estado que tienen el arma nuclear una delegación de miembros de la Academia Pontificia de Ciencias que lleva un informe sobre los peligros de la guerra atómica. Para ir a la URSS nombra a Lejeune y otros dos. El encuentro tiene lugar el 15 de diciembre de 1981. Con toda claridad dice Jérôme: Nosotros, los científicos, sabemos que, por primera vez, la supervivencia de la humanidad depende de la aceptación por parte de todas las naciones de unos principios morales que están por encima de todo sistema y de toda especulación. La prensa nada informó de esta misión diplomática. Los incordios administrativos que, ya desde la aprobación de la ley Veil le hacían a Jérôme, con pretendidos y repetidos controles fiscales, se hacen mucho más frontales. Se le suprime la ayuda a la investigación, obligándole a cerrar su laboratorio. Indignados por este proceder, laboratorios americanos e ingleses le concedieron créditos privados sin contrapartida; esta solidaridad desinteresada le permitió reorganizar un equipo de investigadores animados por la misma motivación.

 

A pesar del escarnio

En agosto de 1988, en Maryville, en los Estados Unidos, se le acucia al profesor Lejeune a testificar en un espectacular proceso en el que está en juego la supervivencia de millares de embriones congelados. A pesar de la fatiga, Jérôme insiste en acudir junto a quienes, en todo el mundo, sufren persecución por defender la vida. Sobre todo quiere ayudar a sus hermanos católicos a seguir al magisterio de la Iglesia, a pesar del escarnio del mundo. En agosto de 1989, Balduino I, el rey de los belgas, viéndose en una difícil situación ante su parlamento dispuesto a autorizar el aborto, le pide consejo. Al terminar la entrevista, le propone el rey: ¿Señor profesor, le molestaría si rezáramos juntos un momento? Todos conocemos la ejemplar actitud que adoptó el rey en este tema, hasta llegar a renunciar incluso al trono para no ofender a Dios.

En 1991, Jérôme expresa en un esbozo de siete puntos sus reflexiones sobre la deontología médica:

1. ¡No tengáis miedo, cristianos! Vosotros estáis en la verdad. No es que os hayáis inventado la verdad, pero la verdad está en vosotros. Hay que decirles a todos los médicos que lo que tienen que hacer es vencer la enfermedad y no destruir al enfermo.

2. El hombre ha sido creado a imagen de Dios. Ésa es la única razón por la que se le debe respetar...

3. El aborto y el infanticidio son crímenes abominables (Vaticano II).   

4. Existe una moral objetiva; es clara y universal, porque es católica.

5. Nadie puede disponer sobre la vida del niño. Y el matrimonio es indisoluble.

6. Honrarás a tu padre y a tu madre: No debe darse la reproducción uniparental por clonación o por homosexualidad.

7. Nadie puede disponer del genoma humano, ya que es el capital genético de nuestra especie. Fijémonos en esta frase atrevida: En una sociedad que se dice pluralista se nos repite machaconamente: ¡vosotros, cristianos, no tenéis el derecho de imponer vuestra moral a los demás! Pues bien, ¡yo os digo que tenéis el derecho no sólo de hacer cuanto esté de vuestra parte por hacer entrar vuestra moral en las leyes, sino que es vuestro deber democrático!

 

En acto de servicio

El 5 de agosto de 1993, el santo Padre decide la creación de una Academia Pontificia de Medicina, dedicada a la defensa de la vida; su presidente será el profesor Lejeune. Ciertamente el profesor y el Papa coinciden en muchos puntos: para ambos el aborto es la principal amenaza de la paz. Si los médicos comienzan a matar, ¿porque no lo van a hacer los gobiernos? El nombramiento le deja aturdido a Lejeune y pide unos días para reflexionar, pues vuelve a sentir una gran fatiga. En torno al día de todos los santos, consulta a su amigo el profesor Lucien Israel. Éste, con la cara descompuesta, le pone ante los ojos las radiografías de sus pulmones. En ellas se aprecia un cáncer ya avanzado. Jérôme acepta la realidad con valentía y con sumisión a la voluntad divina. Hay que hacerselo saber a Birthe y a los hijos: En absoluto tenéis que preocuparos hasta Pascua; al menos viviré hasta entonces. Y, en seguida, añade: Y ¡en Pascual, sólo pueden suceder cosas maravillosas! A comienzos de diciembre empiezan las sesiones de quimioterapia; y, como era de esperar, resultan muy molestas. A pesar de todo, sigue atendiendo al teléfono y reconfortando a las familias de los enfermos. Al informar al santo Padre sobre su estado de salud y renunciar a la presidencia de la Academia Pontifica para la defensa de la Vida -también a la de la Academia de Ciencias Morales y Políticas que acaban de asignarle- se le hace saber que el santo Padre rechaza nombrar otro presidente. Jérôme sonríe: moriré en acto de servicio. Hasta el final se esfuerza en redactar los estatutos de la Academia. Aunque se siente incapaz, su espíritu de fe le muestra la fecundidad de los mismos fracasos. Nunca se queja; ¡sus dolores, unidos por amor a la pasión de Cristo, pueden recolocar el mundo en su verdadero camino!

El miércoles santo, el 30 de marzo de 1994, como delira al padecer una fiebre de más de 40 grados, se le somete a cuidados paliativos. Al amanecer de la mañana siguiente recobra la consciencia. El viernes santo le dice al sacerdote que le confiere la unción de los enfermos: nunca he traicionado mi fe. Ante Dios eso es lo único que importa... Cuando sus hijos le preguntan qué quiere decir a sus pequeños enfermos responde: Sabéis que no tengo mucho... Pero, les he dado mi vida. Y mi vida es todo lo que yo tenía. Y luego, con lágrimas de emoción, murmura: Dios mio, yo tenía que curarles y me voy sin haber encontrado... ¿Qué será de ellos? Y luego, radiante, se dirige a los suyos: Hijos míos, sí puedo dejaros un mensaje, y el mensaje más importante de todos es que estamos en las manos de Dios. Lo he constatado muchas veces. El día siguiente, el sábado santo, se pasa en calma: Jérôme está sereno. Pero al final de la tarde vuelven con más fuerza las dificultades respiratorias. Y, de pronto y con autoridad, pide a su esposa y a los suyos que se vayan a casa. No quiere que asistan a su agonía. En la mañana del domingo, hacia las siete, con dificultad le dice a un compañero, casi desconocido, que durante gran parte de la noche le ha sostenido la mano: Ves tú... he hecho bien... y expiró. Fuera, se escuchan los primeros toques de campana: es el domingo de Resurrección, el día de la Vida, de la vida que no acaba nunca. Pues Cristo es la Vida eterna (1Jn 5, 20).

Al día siguiente, refiriéndose a Jérôme Lejeune, escribía el Papa Juan Pablo II: Hoy nos encontramos ante la muerte de un gran cristiano del siglo XX, de un hombre que se ha hecho apóstol de la defensa de la vida. Está claro, que en la situación actual del mundo, este estilo de apostolado en los laicos es especialmente necesario...

 

El 28 de junio de 2007, el arzobispo de París, monseñor André Vingt-Trois introdujo la causa de canonización de Jérôme Lejeune pidiendo que se inicie el proceso de investigación sobre su vida, sus virtudes y su fama de santidad. Esa petición se la había formulado unos días antes el P. Jean-Charles Nault, osb, a quien la Asociación de Amigos del profesor Jérôme Lejeune ha designado como postulador de la causa.

 

 

Un monje benedictino de la Abadía de San José de Clairval

Flavigny-sur-Ozerain (France)